Hay gestos que parecen inofensivos y que, sin embargo, aunque muchas veces sean de manera involuntaria, originan algunos conflictos graves en las comunidades de vecinos. Arrastrar una silla, mover un mueble sin levantarlo del suelo, poner una lavadora a última hora o caminar con tacones de madrugada son acciones que pueden formar parte de la vida diaria, pero que, cuando se repiten o se producen en determinados momentos, pueden convertirse en algo más que una leve molestia.
Lo que empieza como un simple ruido doméstico puede acabar escalando hasta convertirse en una disputa vecinal, una queja formal o incluso un proceso judicial. Por eso existe una regulación que lo establece.
No es el ruido, es cuándo, cómo y cuánto se repite
La legislación vigente en materia de propiedad horizontal no prohíbe hacer ruido, pero sí pone el foco en cuándo ese ruido deja de ser asumible para empezar a ser molesto. Patricia Briones, coordinadora de la Comisión Legislativa del Consejo General de Colegios de Administradores de Fincas de España, lo explica en La Vanguardia: “No todo ruido en una comunidad de propietarios es jurídicamente perseguible y, por lo tanto, sancionable”, sino solo aquel que supera ciertos límites y afecta de forma real a la convivencia.
Acciones completamente normales como mover muebles, usar electrodomésticos o realizar pequeñas obras no son sancionables por sí mismas, pero pueden llegar a serlo si se producen de forma persistente, con una intensidad elevada o en horarios de descanso. Es ahí donde la ley empieza a intervenir, especialmente cuando ese ruido, como explica Briones, “por su intensidad, evidencia, permanencia o reiteración, excede lo tolerable en la convivencia vecinal y menoscaba de forma notoria el uso y disfrute de las viviendas”.
Rubén Llach, vicepresidente del Col·legi d’Administradors de Finques de Barcelona-Lleida, añade un matiz clave que explica por qué este tipo de conflictos son tan habituales, y es que el ruido tiene un componente profundamente subjetivo. “Lo que para ti es molesto para mí no lo es”, señala, por lo que no todos los vecinos perciben igual una misma situación. Sin embargo, esa subjetividad se equilibra con elementos objetivos como las ordenanzas municipales, que establecen límites de decibelios y franjas horarias y que son las que, en última instancia, determinan cuándo un ruido deja de ser aceptable.
El problema no empieza en el juzgado, sino mucho antes, en el rellano
Antes de que haya denuncias, informes acústicos o intervenciones de la comunidad, hay un punto previo que suele fallar: la comunicación directa entre vecinos. Y es precisamente ahí donde, según los expertos, se podrían evitar la mayoría de conflictos. “Lo primero que habría que hacer es hablar”, insiste Llach, que subraya que en un alto porcentaje de los casos quien genera el ruido ni siquiera es consciente de ello.
Puede tratarse de alguien que ha perdido audición y sube demasiado el volumen de la televisión, de un vecino que no percibe cómo se transmite el sonido a través de la estructura del edificio o de hábitos cotidianos que, sin intención, acaban afectando a otros.
Sin embargo, cada vez es más habitual que ese paso se evite, reflejo de un deterioro evidente en la educación y la convivencia. Algo que en otros tiempos hubiera bastado con una simple conversación directa entre vecinos, ahora llega directamente al administrador, se comenta en la comunidad o se transforma en un conflicto más grande de lo que era en origen. Y es en ese momento cuando la situación deja de convertirse en tan solo una mera molestia para pasar a ser un problema.
¿Cuándo el ruido se convierte en un problema legal?
Una vez que se ha intentado la vía del diálogo, que es lo que todos los administradores de fincas recomiendan antes de ir más allá, si las molestias persisten, el siguiente paso es formalizar la situación dentro de la comunidad. Tal y como explica Patricia Briones, se puede “solicitar al presidente de la comunidad que requiera al propietario u ocupante de la vivienda para que cese las actividades molestas”. A partir de ahí, el presidente puede requerir formalmente al vecino que ponga fin a la actividad y, si no hay cambios, la comunidad puede iniciar una “acción de cesación” prevista en la Ley de Propiedad Horizontal.
Las consecuencias pueden ser mucho más graves de lo que muchos propietarios imaginan. Según explica Briones, este tipo de procedimientos pueden acabar con una sentencia que obligue al cese definitivo de la actividad molesta e incluso, en los casos más extremos, “con la privación del derecho de uso de la vivienda durante un periodo de hasta dos años en Catalunya y hasta tres años en el resto de España”. Si quien genera el ruido es un inquilino, el proceso puede derivar directamente en la resolución del contrato de alquiler.
Llach confirma que, aunque no es lo habitual, existen situaciones en las que el conflicto escala hasta ese nivel, especialmente cuando se trata de molestias persistentes, acreditadas y que afectan a varios vecinos. En esos casos, el juez puede intervenir con medidas contundentes si considera que se han agotado todas las vías previas y que la convivencia está gravemente deteriorada.
No hay apps ni intuición que valga, el ruido hay que demostrarlo oficialmente
Uno de los errores más comunes entre vecinos es creer que percibir un ruido molesto basta para que tenga validez legal. Sin embargo, para que una queja prospere, es necesario demostrar que se superan los límites fijados por la normativa, algo que, como recuerda Briones, debe acreditarse “mediante prueba concluyente en el caso concreto”.
Aunque mucha gente lo crea, Llach explica que ni las aplicaciones móviles ni las percepciones personales sirven, pues las mediciones deben realizarse con sonómetros profesionales, normalmente a través de técnicos municipales o empresas especializadas, que son los únicos que pueden certificar si ese ruido supera los niveles permitidos.
Aun así, hay un terreno intermedio en el que la ley no siempre puede intervenir para mediar. Existen ruidos que no superan los umbrales legales y que, sin embargo, siguen siendo molestos para quienes los sufren. En esos casos, el conflicto ya no se resuelve con la normativa en la mano, sino con algo que parece cada vez más difícil: la educación.
Porque aunque vivir en comunidad implica asumir que es imposible que exista el silencio absoluto, ya que todos generamos algún tipo de molestia por momentos, incluso sin darnos cuenta, existen ciertos hábitos o actitudes que podemos adoptar para mejorar la convivencia. Avisar antes de hacer una fiesta o simplemente escuchar al vecino cuando plantea una queja son gestos a los que no nos obliga la normativa, pero que pueden marcar la diferencia entre tener una buena convivencia y salud vecinal o un conflicto que puede acabar complicándose.
Puedes leer la noticia completa en Lo dice la Ley de Propiedad Horizontal: hacer ruido en casa puede costarte hasta 3 años sin poder usar tu vivienda.