Barcelona, 9 de junio del 2026 Vecinos, comerciantes y entidades repasan las euforias y los quebraderos de cabeza que les despierta la excepcionalidad de un viaje de tres días del jefe de la Iglesia católica a la capital catalana Sería tan inexacto afirmar que la llegada del Papa conmueve a los vecinos de Barcelona y que la inmensa mayoría de los habitantes de la ciudad aguardan impacientes, por pasión genuina o por curiosidad irrefrenable, como sentenciar que la capital catalana es un foco de indignación y rabia que lo impregna todo y que ve en la visita de León XIV una excepcionalidad innecesaria y anacrónica. Las dos realidades, junto con la de la indiferencia, se mezclan en unos días insólitos. Las mismas preguntas, a pocos metros de distancia, reciben respuestas diametralmente opuestas, dependiendo de quién hable. El revuelo toma caminos diferentes, pero evidencia cierto nerviosismo social común. Y entre medias aparece una tercera capa social: la de quienes miran la estancia barcelonesa del Papa con las gafas del lucro, entre alquileres de balcones y souvenirs hechos a medida. Esta es la Barcelona del día antes de que llegue el jefe de la Iglesia católica. León XIV pisará la capital catalana este martes y la abandonará el jueves. Su actividad durante estos tres días supondrá un despliegue policial extraordinario, hasta el punto de limitar la movilidad en el barrio Gótico, en la Sagrada Família o en el Poble-sec. Se realizarán identificaciones a vecinos y comerciantes, que deberán acreditar que viven o trabajan en una zona para poder acceder a ella, explican desde los Mossos d’Esquadra. Sin embargo, todavía reina el desconcierto en los puntos calientes de la visita papal. «Cuando preguntas, a menudo te dicen que toda la seguridad la lleva el Vaticano, y no siempre se obtienen respuestas», explica Amor Garcia, gerente del Eix Comercial Sagrada Família. Emociones contrapuestas Aun así, en el caso de Garcia predomina el ánimo. Incluso ha encargado un cartel de la Torre de Jesús de la Sagrada Família, la que debe bendecir el obispo de Roma, para decorar el escaparate de la joyería que regenta. Ella forma parte del grupo de comerciantes que sí levantará la persiana el miércoles, el día en que el Papa recorrerá la ciudad desde la plaza del Cinc d’Oros hasta el templo diseñado por Antoni Gaudí con el papamóvil. Pero no es una posición unánime. Varios negocios ven la visita como un quebradero de cabeza que hay que evitar y optarán por cerrar. Los que están más alterados son algunos comerciantes de la avenida Gaudí, a quienes se les prohibirá desplegar las terrazas. Este lunes, además, veían cómo los operarios del Ayuntamiento de Barcelona retiraban las estructuras fijas que sostienen los parasoles de la vía pública. Una carta municipal les anunciaba que se los retirarían durante todo un mes, hasta que pase el inicio del Tour de Francia, que también desfilará por esta zona a principios de julio. Han tenido que contratar alternativas móviles para las próximas semanas y no les cuesta quejarse por la visita del Papa. «Sin terraza, ¿para qué abrir? Ya lo hicimos cuando vino el alemán y esto se convirtió en un baño universal», dice Mariano Calonge, el encargado del restaurante La Piazzenza, sobre la presencia de Benedicto XVI en 2010 y el hecho de que el local se llenara de gente que solo quería ir al baño. Con un enfoque similar lo ve José Luis, del bar Ardèvol, un establecimiento histórico y familiar situado junto a la basílica. «Que pase rápido. Porque esto situará a Barcelona en el centro del mundo. Muy bien. Pero para los de aquí, esto no dice nada», razona, desde una barra repleta de tortillas, pimientos de Padrón, boquerones en vinagre, tomates y aceitunas machacadas. A pocos metros, la floristería Soriano, otro comercio arraigado en el barrio, anuncia unos planes idénticos. Cerrarán hasta que pase la tormenta del fervor católico. Por el contrario, los quebraderos de cabeza logísticos —se anulará la parada de metro de Sagrada Família durante todo el miércoles y se reclamará la identificación de todos los vecinos y trabajadores de la zona— no tienen ningún efecto sobre los vecinos más animados. Incluso en la finca de la calle Mallorca que toca al templo y que lleva años sufriendo las obras del posible derribo, si se ejecuta el proyecto de la escalinata de la fachada de la Gloria, que todavía no se ha resuelto. «Nosotros somos inquilinos, somos católicos y nos hace mucha ilusión. Es el primer gran día que viviremos aquí», dice José Barrientos, mientras se apresura para llegar a tiempo al trabajo. «He visto que tendré que coger otra parada de metro. Pero no pasa nada. Por un día, puedo caminar un poco más. Es solo un día», añade. También un vecino de 102 años que pasea en silla de ruedas por la avenida Gaudí celebra el acontecimiento. «A quien no le guste, que no esté aquí ese día», comenta con tono ligero que complementa con una carcajada. Dudas sobre cómo acceder a casa Lo cierto, sin embargo, es que hay más cosas en juego, más allá del agobio social o la complicidad que cada uno tenga con el pontífice. Una de las claves del sistema de seguridad organizado es que se aplicarán perímetros policiales que limitarán la movilidad de los vecinos. El barrio Gótico es un ejemplo. Es el punto en el que León XIV comenzará su estancia en Barcelona, con una visita institucional a la catedral, pero también donde dormirá, ya que pasará dos noches en el Palacio Episcopal. Y esto alterará la normalidad para miles de personas. «No puede ser que la visita de un jefe de Estado sea lo que condicione la vida de un barrio donde la mayoría de la gente es trabajadora». Es indignante que nos encontremos con consignas de policías que recomiendan a vecinos que vayan a casa de familiares estos días, como si esto fuera una opción para todo el mundo en plena semana laboral», protesta Martí Cusó,